ÉRASE UNA VEZ EL HOMBRE: LAS MUJERES

08/03/2018

Siempre quise saber
lo que había dentro de una mujer.
Los secretos
que en ellas se esconden,
en su cabeza, en su corazón.
Que cuando cantan una canción
lo saben hacer
mejor que nadie.

Si las mujeres escriben canciones
son las canciones más bellas del mundo,
son las que más
me hacen llorar.
Porque dentro de cada mujer
hay una historia en forma de canción
tal vez la canción
más bella del mundo.

Fragmento de Las mujeres no escriben canciones, de Jarabe de Palo

Desde que tengo uso de razón (la uso muy de vez en cuando) me he preguntado qué hubiera pasado si Consol y yo hubiéramos sido novios. Consol era (y es) una mujer de ingrávida belleza y colosal inteligencia, demasiada para un burro como yo. Hay una norma entre amigos que debería ser estrictamente respetada: nunca tengas un affair con la hermana de uno de ellos. Pues bien, Consol era la hermana de un buen amigo, y tuvimos un affair.

Era verano y mi colega me invitó a pasar un fin de semana a su casa de la playa. Salimos, bebimos, bailamos y Consol y yo acabamos besándonos en el jardín, justo debajo de la terraza en donde dormían sus padres. Siempre recordaré la hora de comer del día siguiente. Ella llevaba un cabreo impresionante, ahora no recuerdo por qué —bueno, sí que lo recuerdo, pero mejor me lo callo—, y me pasé las dos horas que duró el almuerzo rezando para que no les contase a sus padres que su invitado, o sea yo, había estado retozando con ella la noche anterior. Por suerte, de ahí no pasó la cosa. Para su cumpleaños, haciendo gala del poco conocimiento sobre cómo había que relacionarse con una mujer, le regalé un libro, Todo lo que las mujeres saben de los hombres. Era un libro más bien corto, en clave de humor, diría que con un cierto tamiz machistoide. Pasó el tiempo y llegó mi cumpleaños. Y Consol hizo lo propio. Me regaló un libro cuyo título rezaba Todo lo que los hombres saben de las mujeres. Era muy tocho, por lo menos tres veces el que yo le había regalado. Pensé que había entendido el mensaje de mi desafortunado regalo. Rompí el envoltorio y lo abrí, era un libro de quinientas páginas… todas en blanco. Todas menos una, la de la dedicatoria: «Esto es lo que sabes tú de las mujeres, payaso. Con cariño, Consol».

Así que empiezo por decir que de mujeres no tengo ni puta idea, pero qué sería de mi vida sin ellas. Ni la mía ni la de ningún hombre de este mundo. ¡Suerte tenemos de vosotras, mucha suerte! Siempre he estado rodeado de grandes mujeres y han sido ellas las que me han dado las cosas más maravillosas, por poner dos ejemplos: la vida y una hija.

La primera de las mujeres a las que me gustaría referirme es mi madre. Núria fue una madre excepcional. Amorosa, paciente, cariñosa, sensible, siempre pendiente de que no nos faltara de nada, principalmente amor, educación y cultura. Yo soy músico por ella. Tenía un corazón enorme pues tuvo que repartir su amor, además de con mi padre, con cuatro hijos, tres energúmenos y una princesa. Y lo repartió a chorro, hasta quedarse vacía. Madre nos dejó pronto, y desde entonces cada segundo la echo de menos. Aunque siempre he sentido su presencia, me ha faltado el contacto físico, no hay nada como el abrazo de una madre y yo hace 33 años, 5 meses y 4 días que no lo tengo. Me hubiera encantado que hubiera conocido a su nieta Sara, hubiera sido una abuela extraordinaria.

Pero bueno, la vida es así, se la llevó cuando creyó oportuno y nosotros nos quedamos solos, qué le vamos a hacer. De mi madre aprendí muchas cosas, casi todo. Pero lo mejor que me ha dado, tanto a mí como a mis hermanos, es la sensibilidad en general y la artística en particular. Cineasta, cocinero, pastelera y músico, a eso nos dedicamos los cuatro hijos, nada que ver con lo que pretendía mi padre: juez, cura, militar e inspector de Hacienda.

Otras dos de las grandes mujeres de mi vida son mis abuelas, Isabel y Yola. ¡Qué mujeres! Menudas dos. La una crió a cinco hijos, y la otra a seis. La abuela Isabel era como Don Vito Corleone en la película de El Padrino, en su casa no se movía un dedo sin su consentimiento, ella lo sabía todo. Era la primera que se levantaba y la última en irse a la cama, nunca se reía, y sonreír muy pocas veces. Recuerdo cuando se peinaba por la mañana, tenía una melena que le llegaba por debajo de la cintura (pues en la guerra se vendía el pelo para que hicieran pelucas). Dicen de mí que trabajando soy más bien serio, metódico, exigente, esas cualidades las aprendí de ella. La adoraba, porque aunque no era muy cariñosa nos hacía sentir muy queridos. Si hubiera nacido en una manada de leones ¡pobres los leones!, porque fue una luchadora nata, y su instinto de protección era feroz.

La abuela Yola era otra cosa. Valiente, hiperactiva… Después de la guerra el abuelo se fue a probar suerte a Venezuela (bueno, suerte y alguna otra cosa) y ella se quedó sola en Barcelona cuidando de sus seis hijos. Os podéis imaginar que en esa época la cosa no fue fácil. La abuela Yola era muy risueña, muy cariñosa. Recuerdo que nos besaba mucho. A la hora de comer siempre se tomaba un Bitter Kas (que mola más), y hacía unas hamburguesas de llorar. En la vida las pasó bastante canutas, pero siempre tenía una sonrisa para regalar (y de vez en cuando una monedita de cinco duros). Cuando murió madre ella se encargó de cuidarnos. Nunca olvidaré lo que hizo por nosotros, nunca. Ella me enseñó que por los míos, lo que sea.

En el trabajo, y he pasado por unos cuantos, los mejores jefes que he tenido han sido mujeres, y mis mejores compañeros también. Me gustaría destacar la figura de María Valverde, mi directora de cuentas en los tres años que estuve en la agencia de publicidad. Recuerdo el primer día de oficina: llego a la agencia y ella ya estaba en su despacho, me hizo un gesto con el dedo, llamé a la puerta, entré y me senté. La jefa levantó la cabeza, me dio la mano y me soltó de corrido:

—Buenos días. Soy María Valverde, tu jefa. Tres cosas tienes que saber: la primera, que sea la última vez que entras a este despacho llamando a la puerta, ¿no ves que está abierta? La segunda, aquí has venido a currar, así que no te despistes. Y la tercera y más importante, como me entere yo de que te has follado a alguna de las secretarias, te corto los huevos y te pongo de patitas en la calle. ¿Queda claro?
—Clarísimo, jefa.
—Pues hala, bienvenido y a trabajar.

¡Lo que aprendí de María! María me enseñó a ser tenaz, a ir al grano, a trabajar bajo presión. Su máxima era la eficiencia: hacer mucho en poco tiempo y con el mejor de los resultados. Tomaba decisiones a la velocidad del rayo, y rara vez se equivocaba. María tenía mucha experiencia, pero sobre todo olfato, instinto, y esa cualidad me la transmitió. En las reuniones era una killer, no había ejecutivo (hombre) que le llegara a la suela del zapato. Era muy curioso, porque aunque me daba una leña de flipar (la que necesita un pipiolo de veintidós años recién salido de la universidad), me quería mucho. Nunca me protegió, pero tampoco nunca me dejó con el culo al aire. Con ella aprendí latín, y le estaré eternamente agradecido por los conocimientos que me dio y que tan bien me han ido después para manejarme en la «violenta» senda del show business.

Y, siguiendo con las mujeres, en lo sentimental… he sido un puto afortunado. He compartido mi vida con mujeres estupendas. ¡Qué paciencia mostraron conmigo! Tengo la suerte de haber compartido mi intimidad con mujeres que por encima de todo han sido grandes y buenas personas. No tengo nada que reprocharles, sino todo lo contrario, agradecerles el tiempo que me dispensaron y decirles desde aquí que las quiero mucho y las llevo siempre en mi corazón.

Llegados a este punto creo que queda clara la fascinación que siento por las mujeres en todas sus facetas: madres, abuelas, novias, jefas, amigas, hijas, angelitos, compañeras, amantes… Os adoro, os quiero, os amo y, sobre todo, os necesito. Os necesitamos, porque como ya he comentado en otro capítulo, los hombres somos useless, y necesitamos de vosotras como el agua que bebemos. Sirva esta canción como homenaje a todas las mujeres que me han acompañado en estos cincuenta años, musas de mis canciones y fuente permanente de inspiración. La vida, sin vosotras, no tendría ningún sentido. Y nuestra existencia, la de los hombres, tampoco.

P.D.: Después de muchos años, hoy he vuelto a llamar a Consol. Le he pedido autorización para hacer público nuestro breve pero intenso affair. No solo me ha dicho que sí sino que también me ha dado permiso para contar la segunda parte: al poco tiempo de nuestra breve aventura ella tuvo un accidente de tráfico muy grave, necesitó un año para recuperarse y, para celebrarlo, organizó una fiesta a la cual me invitó. Como no podía ser de otra manera le llevé un regalito, esta vez no fue un libro (ya había aprendido la lección), sino un disco. Un disco con una sola canción, la primera maqueta de «La Flaca», porque la Flaca era mulata, pero hubiera podido ser perfectamente Consol.

Texto extraído del libro "50 PALOS ... y sigo soñando" de Pau Donés. Editorial Planeta